A 57 años de la tragedia del TC 48, afloran los recuerdos de sus tripulantes desaparecidos
Por Mariano Rodríguez
3 DE NOVIEMBRE 2022.
Es inevitable que cada nuevo aniversario de la desaparición del avión militar, la mente y también el corazón, se internen en lo más profundo de la selva costarricense. Allí se presume, la nave perteneciente a la Fuerza Aérea Argentina, cayó al desaparecer de los radares y de haber reportado problemas en sus motores, aquel 3 de noviembre de 1965.
Al cumplirse hoy, el 57° aniversario de la desaparición del avión TC 48, perteneciente a la Escuela de Aviación de Córdoba, un emotivo homenaje se llevará adelante en la localidad salteña de Metán de donde era oriundo el comandante Mario Nello Zurro.

La real academia española, define la palabra “desidia” como «falta de ganas, de interés o de cuidado al hacer una cosa» esa misma definición aplica perfectamente para describir el accionar de la propia fuerza en las horas posteriores a la desaparición del mencionado avión. Y más allá de las infructuosas búsquedas que se llevaron adelante a lo largo de todo este tiempo, la gran mayoría impulsada por los propios familiares, como también la que se diera muchos años después y fuera denominada como “Operación Esperanza VII”, en aquella oportunidad, y con motivo de cumplirse 50 años de la desaparición del avión, las esperanzas de encontrarlo se siguen alimentando hasta hoy. En aquella oportunidad, un comando especial de búsqueda enviado por la Fuerza Aérea Argentina partió a Costa Rica a cargo del capitán José María Dansky y el teniente Savagna, comandos especializados en territorios hostiles, pero como las anteriores, no tuvo resultados positivos, pese a contar, incluso, con el aporte logístico de la NASA y de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales.
Más allá de ello, es grato saber que a pesar de las frustraciones reiteradas por no poder hallar el avión y de esa desidia y destrato inicial mostrado por parte de los jefes de la propia fuerza, no sólo los familiares siguen recordando a los mártires del TC-48, sino también, referentes de los distintos pueblos y ciudades argentinas de donde eran oriundos los cadetes y tripulantes de la aeronave.
Ese es el caso de San José de Metán, donde su Concejo Deliberante, al cumplirse 57 años del hecho, decidió homenajear al comandante Mario Nello Zurro, uno de los máximos referentes de la comitiva del avión perdido, y reconocerlo post mortem, brindando una merecida distinción a su familia.
Dicho acontecimiento, significó para Alejandro Zurro, hijo del comandante, oriundo de Metán y radicado en Córdoba, desaparecido en el misterioso vuelo, una caricia al alma.
Pero para un hijo que perdió a su padre, o para padres que perdieron a sus hijos en ese fatídico vuelo, ¿Qué se siente hoy a 57 años del accidente?
Para Alejandro Zurro, hijo Mario Nello Zurro, se siente el mismo dolor que perdura en el tiempo. Si bien él era muy chico, tenía 5 años en 1965, vivió el accidente de dos formas: con la angustia de no tener a su papá y con la esperanza intacta de su mamá que nunca dejó de buscarlo y que les grabó a fuego el accidente, pero siempre con la certeza de que el comandante volvería.
En sus propias palabras, Alejandro relata: “Siempre teníamos la idea de que aparecería por la puerta, delgado, andrajoso, quemado por el sol, pero mostrando esa sonrisa de sus blancos dientes que lo distinguían. Él había sobrevivido a otros accidentes, incluso uno en la selva tucumana donde con una clavícula fracturada buscó ayuda para ser rescatado. Las paradojas de la vida, ese era un vuelo donde iba a Metán llevando a su papá a Pedro Segundo.
Duro fue vivir mi niñez y adolescencia donde cada vez se hacía más remota la posibilidad de su regreso. Siempre en mis rezos incluía el siguiente pedido: Que vuelva papi pronto…
Y pasaron los años, crecí junto a mis hermanos con esa añoranza de mi papá. En mi mente lo tuve siempre conmigo. Cuando ingresé en la Fuerza Aérea no tenía idea del porqué. Quizás con los años y relatos de mi familia me di cuenta. Mi padre amaba la Aeronáutica, crecí yendo a la Escuela de Aviación Militar, él nos inculcaba siempre el amor a la patria, el folclore y la guitarra eran lo suyo…
Lo sé bien, por muchas anécdotas que me contaron, él era de los primos favoritos, el que alegraba los encuentros, el divertido, cuentan sus primas que era el más buen mozo y el más entrador. Siempre tenía una solución a todas las cosas, llevaba en su sangre la sabiduría adquirida desde pequeño en el campo.
En ese ambiente me crié. Volé aviones de combate en la Fuerza.
El piloto de combate vuela solo en aviones monopostos, pero paradójicamente nunca me sentí solo. Sentía su presencia que creo la tuve siempre especialmente en las situaciones más riesgosas…
Hoy me queda la sensación de vacío, pero también veo en cada cosa de la vida lo que él nos enseñaba, lo veo en las sonrisas de mis hijas, en el tesón por hacer las cosas. Lo veo en la familia, en las bromas que son una marca familiar, pero ante todo en el mayor legado que nos inculcó de una u otra forma: La aptitud para ganarse la vida.
Ante la consulta de este periodista sobre ¿Qué sensación genera este homenaje a tu papá en su pueblo natal?
Alejandro, respondió: “Es impresionante lo que se ha generado en el poco tiempo que nos dijeron de esto, se armó una gran movida familiar… Nos estamos juntando más de 30 personas entre tíos, primos y sobrinos.
Los más grandes recuerdan sus sobrevuelos por su Metán querido. Dos pasajes a baja altura. El primero para avisar, el segundo tirando alguna bolsa con caramelos para los niños…
Luego aterrizaba en el campo de aviación -que no era más que una cancha de fútbol- y advertía a mis primos que no tocaran el avión, hoy en día recuerdan las advertencias de su muy querido tío.
Solo una persona como él ha hecho que nos juntemos para rendirle homenaje. Se siente en la atmósfera, tenemos que vernos. Parientes que casi no he conocido se ponen en contacto. Viajan de otras provincias para dar el presente, viejas fotos de un Zurro joven que constatan que era muy cierto la pinta que ostentaba a sus 30 años. Rápidamente se formó un grupo de familia Zurro.
Somos un montón, compartimos el mismo sentimiento, todos los que lo queremos, salen anécdotas y recuerdos. Él nos une, es como si todavía estuviera ahí con nosotros. Siempre fue muy familiero, hoy su figura nos ha convocado. Difícil poner en palabras un sentir, lo resumiría así: Mario Nello, Kiko, El Negro Zurro ¡PRESENTE!

Algo de la historia sobre la tragedia del avión de la FAA.
El TC48, que era un avión de carga, no de pasajeros, que partió el 1 de noviembre de 1965 desde la pista de la Escuela de Aviación de Córdoba, junto al T43, que sí estaba acondicionado para pasajeros. El periplo del viaje de estudios incluía varios países del continente americano y debía concluir en Estados Unidos. Pero el avión TC 48, no estaba en condiciones para volar, o al menos no eficientemente.
El vuelo TC48 estaba a cargo del Brigadier Benigno Andrada, director de la Escuela de Aviación Militar Córdoba, quien viajaba en el T43. Antes de que las naves partieran, el jefe de la I Brigada Aérea, Guillermo Pellicer, se negó a suscribir la orden de despegue, al advertir que el TC48 no se hallaba en condiciones. No obstante, Andrada asumió la responsabilidad y despegaron.
Al ser esta nave un avión de carga carecía de presurización, por eso no podían superar los 3.500 m de altura, de lo contrario los cadetes se quedaban sin oxígeno. Dos días más tarde y tras una sucesión de escalas, entre ellas, Mendoza y Antofagasta, en las que los despegues salieron hasta con dos horas de retraso por los inconvenientes en los motores, el piloto, comandante Renato Felippa, anunció por radio que uno de sus motores se incendiaba. La alerta fue dada cuando volaban entre la base Howard, en Panamá y El Salvador. Estas comunicaciones fueron grabadas por las torres de control de Las Mercedes, de Nicaragua, y El Coco, de Costa Rica. Incluso hay constancias de que el TC48 se comunicó incluso con el T43 informando lo que ocurría. A partir de allí hubo una cadena de complicidades para ocultar lo que las familias denominaron “negligencia de las autoridades aéreas de la época”.

Mucho tiempo más tarde, la Fuerza Aérea Argentina, a cargo del brigadier Normando Constantino, cambió la postura original de esa fuerza y decidió apoyar a los familiares en la búsqueda de los cadetes y oficiales desaparecidos. Recién en ese momento las autoridades decidieron escuchar a los familiares, que durante más de 40 años insistieron en que el avión no había caído al mar, debido a que no había pruebas que sustentaran esa hipótesis. Así reconocieron oficialmente que el caso no estaba resuelto como se anunció poco tiempo después de la tragedia, más concretamente en 1968, bajo el gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía.
Por esos tiempos, el alto mando de la Fuerza Aérea argumentó que el avión se había precipitado al océano, mostrando como únicas pruebas la cédula de identidad del cadete salteño Oscar Vuistaz, un par de gemelos, un chaleco salvavidas y unos dólares, que según la información oficial habían sido rescatados de las aguas. Sin embargo, esos elementos fueron sometidos a diferentes pericias por parte de la Gendarmería Nacional con tecnología de punta que demostró que nunca habían estado en contacto con el mar, por lo que están convencidos de que el avión cayó en tierra y que se habría estrellado contra una montaña en la espesa selva de Costa Rica aquel fatídico 3 de noviembre de 1965.
Si bien hoy, el homenaje será para el “Negro” Zurro, en esta trágica historia hubo mujeres que tuvieron un papel fundamental. Una de
ellas fue Clyde Pereyra de Zurro, esposa del comandante, quien, en aquel momento, luego del incidente, se negó a recibir el pésame por parte de la Fuerza Aérea, y hasta se animó a desafiar a las jerarquías de dicha fuerza, negándose a entregar una carta decisiva que recibiría días después del hecho, escrita de puño y letra de su esposo.
Por ello, el reconocimiento, también podría caberle perfectamente a Clyde, quien dejó a sus pequeños hijos, Regina de 8, Marianela de 7, Alejandro de 5 y Pedro de 2 años, con su familia en Uruguay y partió hacia Costa Rica, para buscar desesperadamente a su marido durante 18 meses. Si bien no encontraron los restos del avión, sí lograron relevar una serie de datos y testimonios que dan cuenta de que cayó en la selva y no en el mar. Clyde falleció en el año 2014, sin haber encontrado a su marido, pero también sin nunca haberlo darlo por muerto.
De seguro, hoy los dos estarán juntos en el cielo, deseando que algún día, se haga justicia y finalmente, el avión y sus integrantes, sean encontrados.
