Las PASO fueron una mala idea

Caras e ineficaces. Fácilmente vulnerables. Antidemocráticas con los Partidos Políticos distanciados del Poder Económico. Proscriptiva. Intervencionista en la vida interna de los partidos. Mala copia del bipartidismo norteamericano. Y, hasta aquí, no trajeron uno solo de los beneficios que se propuso.
Así y todo no se debe cambiar las reglas de juego para el 2023. Porque queda en evidencia que no se trata de mejorar la calidad institucional, sino de piratería. Una DEMOCRACIA cuesta abajo, que pierde cada día más credibilidad.

Un poco de historia
En el año 2000, el gobierno de Fernando De La Rua presentó la idea. Un conjunto importante de partidos políticos dimos el debate en el Senado y Diputados. Logramos modificaciones importantes. Por ejemplo eliminar la obligatoriedad ¿Por qué un matrimonio debería gastar dinero en un juicio de divorcio, cuando no está pensando en separase? ¿Por qué un Partido Político que consensuó sus candidatos, debería gastar dinero en una Primaria?

La ley (25.611) se terminó votando. Eduardo Duhalde la promulgó. Curiosamente lo primero que hizo (Duhalde) fue suspenderla para las elecciones de 2003. Así el Partido Justicialista pudo tener tres candidatos a Presidente. Menem, Kirchner y Rodríguez Saa. Otra hubiera sido la historia del país si se hubiera reconocido el triunfo del primero, en el marco del respeto a la Ley.

Para 2005, Kirchner volvió a suspenderla. De manera que el PJ pudo incorporar por la provincia de Buenos Aires los tres senadores, con la presencia destacada de Cristina Fernández de Kirchner por un lado e Hilda “Chiche” Duhalde por otro.

En 2006 se derogó ¿Qué sentido tenía una Ley que no se cumplía?
En 2009, tras la derrota electoral del oficialismo, éste reinstaló el tema de las PASO. Ahora obligatorias. Obligatorias para los demás, porque el oficialismo en adelante no las respetaría. Presentando, una y otra vez, candidatos urdidos por algún dedo orientador.

De esta manera se terminó distorsionando el sistema de partidos, las doctrinas que representan o la particularidad de sus programas.

Ocurre que los partidos poderosos pueden disponer para una interna de un candidato de derecha, otro de centro y uno de izquierda. Además de las mentiras y simulaciones correspondientes. Por ejemplo: “Pobreza 0” o “poner a la Argentina de pie”. Con millones de dólares logran potencia comunicacional; abarcando un espectro que finalmente no van a representar, dado que solo “uno” va a ganar. Con este ardid logran tapar y disminuir la presencia de partidos más pequeños, proscribirlos y sacarlos del juego para la “elección general”. Hábil maniobra que se consuma con el ballotage para que el bipartidismo marche a pleno.

Pero nada de esto funciona. Causa daños porque anula el debate en serio, empobrece las ideas y saca del juego a fuerzas alternativas. Al tiempo que no logra que las coaliciones seleccionadas ofrezcan un programa de gobierno serio para superar la crisis financiera, económica, social, moral, etc. a la que nos han llevado los beneficiarios del régimen.

Lo que se debe hacer es liberar la Democracia de estas ataduras e imposiciones. Avanzar en una reforma política que jerarquice la representación. Que avance hacia una Democracia Participativa. Que permita la reconstrucción de un sistema de partidos políticos que canalicen las grandes corrientes político-culturales que habitan en nuestra población. En fin. Es correcto dejar atrás esta legislación cara e ineficiente para 2025. Pero cambiarla a 9 meses de presentar las pre-candidaturas para la elecciones de 2023, quedará representado en la imaginación colectiva como una nueva bajeza de nuestra dirigencia política para quedar aferrados a los cargos de gobierno, cueste lo que cueste

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