De esclavos, fugas y motines

Por Mariela Blanco


El conocimiento se enriquece cuando se comparte. Por eso, cuando me llega un dato, un vago recuerdo de algún vecino, un recorte viejo, inmediatamente me pongo a revolver archivos, fotos de la AGN o meto el grabador en mi bolso y salgo a entrevistar y fotografiar. 
Así hago crecer y circular historias pequeñas de gente que pudo haber pasado desapercibida o condenada al olvido. Muchas veces, gente enorme que pasa sin pena ni gloria o que se la reconoce tarde. Como el médico cubano Carlos Finlay que se dejó hasta picar por miles de mosquitos para descubrir el antídoto contra la fiebre amarilla y tuvo que soportar que lo tildaran de loco para después ser condecorado. 

Pero esa historia ya se las he contado. Hoy quiero recoger la profunda y valiosa investigación de Carlos Iván González a partir de la imagen que acompaña esta nota. 


Se trata de una publicación de La Gaceta Mercantil de 1832 que atesora el Archivo General de la Nación. ¿Qué pregunta te surge inmediatamente al ver la foto? 


Arriesgo: ¿qué habrá sido de la pobre Pascuala, no?. 


Pues prestá atención a esta historia porque el entusiasta González consultó el Censo de Buenos Aires del 17 de Octubre de 1855 y descubrió que en la casa de la calle calle 25 de Mayo al 55 (manzana 12, cuartel 3, parroquia Catedral al Norte) vivieron Carlos Hicks y María Vores Hicks, un matrimonio inglés que tenía una fonda. También sus empleados, peones, inquilinos y ayudantes de cocina. Todos documentados, menos la pobre Pascuala.


Y acá todo se pone interesante pues comienza la narración del amigo González:
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El 7 de junio de 1797 parte de Falmouth la fragata inglesa Lady Shore propiedad de la Compañía de las Indias con 170 personas a bordo. Destino? Australia, más precisamente a Botany Bay. La Lady Shore iba al mando del capitán Wilcock con una tripulación de 25 marineros. Transportaba un destacamento de 75 soldados y oficiales del regimiento de la Nueva Gales del Sud y 68 convictos para esa colonia penal. Sólo 2 de los convictos son hombres. Durante la madrugada del 1 de agosto de 1797, a cuatro días de navegación de Rio de Janeiro se produce un motín a resultas del cual muere el capitán, el primer oficial y uno de los cabecillas del motín.

Los amotinados se libran de los oficiales abandonándolos en un bote cerca de la costa brasilera y ponen la Lady Shore rumbo a Montevideo en cuyo puerto entran el 27 de agosto de 1797. Entre las convictas inglesas llegadas a Buenos Aires en 1797 destaca una que salió del anonimato en que vivieron sus compañeras y por mérito propio se destacó en el medio social porteño. Se trata de Mary Clarke… Más tarde conocida como doña Clara.

Poco se conoce sobre su origen y la causa de su condena. De acuerdo con la documentación del Public Record Office, una de las sesenta y seis convictas embarcadas de nombre Mary Clarke, fue condenada por los tribunales de Londres a 7 años de prisión el 17 de febrero de 1796 por un delito que ignoramos, aunque revisionistas aseguran que posiblemente haya sido prostitución, dicha actividad no estaba considerada delictiva en Inglaterra. Lo más probable es que se haya tratado de un robo menor. En dicho documento se especifica que Mary Clarke debe ser transportada a ultramar.

En el frustrado viaje según parece entabló relaciones con un suizo alemán llamado Conrad Lochar o Lochard, ex oficial al servicio de Francia. Prisionero de los ingleses, había sido forzado a engancharse como “voluntario” en el regimiento de la Nueva Gales del Sud y embarcado en la fragata ‘Lady Shore’ perteneciente a la Compañía de Indias.
Eso es lo que declara Lochard ante las autoridades españolas en Montevideo cuando es interrogado sobre su estado civil. Responde que “se encuentra casado condicionalmente con María Clara, natural de Londres que ha venido en la misma fragata y se halla en esta ciudad”.

En 1798, la Sra. Clarke y otras convictas fueron transferidas por orden del Virrey español desde Montevideo a un edificio llamado la Residencia en Buenos Ayres, establecimiento donde eran depositadas las mujeres acusadas de delitos, insanas, chinas e indias o de vida libertina. Es en este año en el que pasa a llamarse “María Clara”. En una de las listas archivadas en el legajo correspondiente a ese establecimiento figura que en mayo de 1799 María Clara es dada de baja por haber salido “para la casa de don Felipe Santiago Illescas”

Existen muchas lagunas sobre la vida de María Clara que va del año 1799 al año 1807. Se alude acerca de su “extraordinaria” labor como enfermera de los soldados ingleses heridos durante las invasiones y afirma “que todo el mundo parece haber olvidado sus fechorías”. Gillespie, un capitán del Regimiento 71 Higlanders que participó de las invasiones inglesas parece confirmar esta aseveración en sus memorias, aunque sin nombrarla, señalando que “dos mujeres, que antes habían sido criminales pero que ahora eran casadas, daban diariamente ejemplos de estas virtudes a nuestros soldados que estaban confinados en la Residencia”.

Finalmente, en el censo llevado a cabo en Buenos Aires en enero de 1807 reaparece casada con un zapatero asturiano. Luego de la muerte del marido asturiano y una vez recuperada de una enfermedad que creyó le causaría la muerte, doña Clara la inglesa alquiló a doña Juana Francisca del Pietro y Pulido una propiedad “casa con azotea y primer piso” ubicada en la calle del Santo Cristo (la actual 25 de Mayo). Sería conocido el establecimiento como la fonda de Doña Clara, la inglesa y le significó a ésta el éxito económico. Por ese entonces, el lugar de reunión de los oficiales mercantes y navales eran las posadas y los hoteles cercanos al puerto de Buenos Aires. Marinos de los más diversos orígenes, pero principalmente británicos lo hacían en la Fonda de Doña Clara, la Fonda Inglesa o lo de María Telar, en alusión al apellido de su esposo, un marino mercante norteamericano llamado Thomas Taylor, quien prestaba servicios en la Armada en esos años como oficial y como agente armador y reclutador.

Documentación fechada en 1811 apuntan que doña Clara se encuentra formalmente casada con Tomas Taylor Wilmington, natural de Delaware, Estados Unidos de Norte América.

Algunos contemporáneos lo definían como un “Individuo aventurero casado en Buenos Aires con una inglesa de nombre Mary Ann Clarke que hizo mucho dinero con una casa de pensión que alcanzó la categoría de hotel, y en esa circunstancia contrajo matrimonio con el referido comodoro de la armada de Buenos Aires, aunque sería más exacto decir que el señor comodoro Taylor se casó con el dinero de la señora Clarke”.

En cambio otro de los amigos de doña Clara -Tomas George Love- da una imagen más favorable del marino norteamericano, aunque también insinúa un manejo patrimonial no muy eficiente. Al referirse a la inglesa, en llamada al pie de página recuerda que ésta vio reducida su fortuna por los préstamos que hizo a su difunto esposo el capitán Taylor. Y añade que éste “aunque hombre de buenos sentimientos, era un visionario. Se cuenta que fue él quien bajó la real bandera española e izó la bandera de los patriotas en el Fuerte, en los comienzos de la revolución”. Existen múltiples anécdotas propias de la gente de mar de las que destacan las veladas del capitán Taylor bebiendo en los altos de la fonda de doña Clara con su amigo, el almirante Brown.

La zona del puerto, es decir las actuales Av. Leandro Alem -entonces la Alameda-, y la calle 25 de Mayo, estaba llena de fondas, bodegones, hoteles y cafés de propiedad de extranjeros desde 1810, ingleses, franceses, italianos –como el de Los Tres Reyes-, españoles, portugueses y hasta alemanes. La fonda de Doña Clara se elevaba en el borde de la barranca, sus fondos daban al paseo de la Alameda (hoy Av. Leandro Alem) y directo a la zona del puerto de embarco de pasajeros. Era una de las pocas casas de “altos”, lo que facilitaba la visión al río para observar las naves ancladas en la rada, lo que la hacía inmejorables para los marinos y los comerciantes ingleses en una época en que las comunicaciones con los buques se hacían con “semáforos” de luces y banderas de señales.

En el piso alto de la fonda de doña Clara se instaló desde 1811, la llamada Sala Comercial Británica (British Commercial Room). Esta Sala, bajo la forma de un club y centro de reunión de los comerciantes británicos, era en verdad a la vez bolsa, sociedad de corretaje y cámara de comercio. A ella concurrían todas las personas vinculadas a las actividades mercantiles y de navegación, ya fueran ingleses o sus socios criollos, para realizar sus negocios e informarse de la llegada o partida de los barcos. Llegó a tener una biblioteca, con los diarios llegados periódicamente desde Europa y fue incluso estafeta postal británica.
En la misma fonda tenían hospedaje y ocuparon habitación junto a los comerciantes, los comodoros y capitanes de la Estación Naval Británica en el Río de la Plata, desde 1810 en adelante, así como los cónsules británicos nombrados desde 1812.

Las características de la fonda de Mary Clark, con su conjunción de hotel de marinos ingleses, Café, Club de Residentes y Cámara de Comercio británica, sumado a oficinas de la estación naval británica, la hicieron el lugar ideal para captar a los candidatos a oficiales y marinos. Hecho el contacto y aceptado la incorporación por ambas partes, los grados que ostentarían se otorgaban al momento del ingreso y a discreción, tomando en cuenta las necesidades del servicio.

Según están de acuerdo la mayoría de nuestros historiadores navales, los capitanes de Brown en 1814, habrían sido elegidos de entre los marinos extranjeros que estaban en la rada de Buenos Aires, y eran en su mayoría capitanes y oficiales de marina mercante; la mayoría eran angloparlantes, prevaleciendo entre ellos -según los citados historiadores-, los norteamericanos, a los que se seguían en orden los griegos y de otras nacionalidades, quedando muy detrás en la escala cuantitativa, unos muy pocos criollos. Según otros, de los veinte capitanes que mandaron las naves de 1814, las nacionalidades estaban divididas de la siguiente forma: un irlandés, un escocés, nueve anglosajones, tres griegos, un francés, un austriaco, un italiano y tres criollos. Con los tenientes, pasaba lo mismo predominaban entre ellos los anglosajones.

La Fonda de doña Clara funcionó hasta 1822. En Agosto de ese año, Juana Francisca del Pietro y Pulido decidió vender la propiedad en donde estaba la fonda. Y doña Clara le vende el hotel a un médico: Dr Sanchez de Molina.
Ese mismo año en octubre falleció su esposo Tomás Taylor. Doña Clara tiene 44 abriles y una posición económica bien consolidada. El tiempo pasó y el famoso Charles Darwin llega a nuestras tierras allá por el 1832 en compañía de Robert Fritz Roy y le presentan a doña Clara. Darwin escribiría luego:

“Embarcada por un crimen atroz convivía a bordo con el capitán. Poco antes de llegar a la latitud de Buenos Aires, conspiró con otras mujeres convictas para asesinar a todos a bordo, salvo unos pocos marineros. Mató al capitán con sus propias manos y con la ayuda de algunos marineros condujo el barco a Buenos Aires. Aquí se casó con una persona de gran fortuna a quien heredó. Tan extraordinaria fue su labor como enfermera de nuestros soldados, después de nuestra desastrosa tentativa para ocupar esta ciudad, que todo el mundo parece haber olvidado sus fechorías. Hoy es una mujer vieja y decrépita, con un rostro masculino y evidentemente todavía con una disposición feroz. Son sus expresiones más comunes: ‘Yo los colgaría a todos juntos, Señor’, ‘Lo mataría, Señor’. Para ofensas más pequeñas: ‘Le cortaría los dedos’. Tiene esta digna anciana todo el tipo de hacer estas cosas”.

Doña Clara fallece después de una prolongada enfermedad el 29 de julio de 1844. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de la Recoleta en medio de una gran ceremonia. El cortejo ostentaba dos coches fúnebres que era el máximo que autorizaba Rosas. Asistió al sepelio todo Buenos Aires.

Del destino de Pascuala aún no sabemos nada, pero no pierdo la esperanza de que algún día aparezca desde la bruma de los tiempos.

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